sábado, 4 de junio de 2011

Concurso: Relato 8~Por Gisel~

Nombre completo: Gisel Torres
Pais: Argentina.
Blog:
http://nochesdelunayangelescaidos.blogspot.com/

Nombre del relato: It's Okay - Está bien.


~

El reloj despertador no ha sonado, y es aquella la razón por la que ahora estoy tan apurada. Corro de un lado a otro buscando, solo buscando aquello, y cuando al fin lo encuentro, mi corazón se detiene, y suspiro.
-“Todo está bien”-
Con extrema delicadeza, lo coloco en medio de un cuadernillo de notas, cierro la cartera que lo contiene, y vuelvo a movilizarme. Mis pasos resuenan en la solitaria habitación, levemente interrumpidos, por el tintineo de una cuchara.
El líquido verdoso de la tetera desciende humeante sobre una pequeña taza de porcelana.
-“Bueno al menos hoy, no me he enredado con el cable del cargador” -pienso, mientras intento tragar un sorbo de té. A duras penas logro conseguirlo, y cuando voy por el segundo intento, la alarma de mi celular me despista
-“Hora de partir”-
Dejo todo como está, y agarro la cartera que he abandonado, pendiente, en los respaldos de la silla. Camino en dirección a la salida, introduzco la llave, y doy dos suaves giros. La puerta se abre, tiro del pomo de esta, y por breves segundos el bullicio del exterior, y el candor del sol me ciegan.
—Shil... —oigo a una voz llamarme. El tono de la misma es agudo, y adormilada. Mi madre.
Giro, y ahí está ella, de pie en la divisoria que aísla el comedor del cuarto de estar. Su cabello obscuro enrulado, está en puntas, y bajo la bata del camisón –unos cuantos talles mayores- se divisa la menudees de su cuerpo.
Bosteza.
—Hoy no tienes clases— dice. No es una pregunta.
Asiento.
—Lo sé —me detengo, inclusive a mí me cuesta pronunciar aquellas palabras—, pero hoy es el día.
Ella frunce el entrecejo.
-“No lo recuerda”.-
Aparto mis ojos de su rostro confuso, para comprobar una vez más aquello que estaba pensando, cerciorándome de la validez de cada una de mis palabras.
En aquel almanaque que está colgado sobre la pared, a espaldas de mi madre, hay una fecha rodeada por un óvalo, el cual más de una vez fue remarcado.
-17 de julio- repite mi voz interna.
-No estoy equivocada, hoy es el día.-
Mi madre desvía la vista hasta el mismo lugar, y queda en silencio por unos instantes. Luego, escucho su corta exclamación, y regresa su atención a mí. Me es innecesario oír sus palabras para comprender lo que desea transmitirme, debido a que sus obscuras, y expresivas pupilas, ya lo han dicho.
—Hoy es el día— susurra. Y oigo el palpitar inquieto de mi corazón, atribuyendo el “sí” de una respuesta.
Sonrió – aunque el temor que mis labios tiemblen me agobie-. Porque si he de ser sincera, mi estado ahora, es indeciso, a tal punto que se encuentra situado entre un mar de lágrimas, y la risa sin juicio de un loco. Pero me contengo.
—Me tengo que ir. —anuncio.
Ella inclina la cabeza.
—Ve, y cuídate—indica, y sus ojos que hasta ese momento parecían vacíos, se llenan de vida—Espero que todo salga bien. —sonríe.
Mis labios se estiran hacia arriba, formando una sonrisa similar. Melancolía, anhelo, e inseguridad, esas son las sensaciones que la revisten.
            Yo también.



Ha pasado un cuarto de hora desde que estoy aquí, a expensas del autobús que nunca parece llegar. Elevo mi brazo, y hago a un lado el puño del abrigo, para contemplar mi reloj de mano.
8:30 –este es el número que marca.
-Voy tarde, demasiado tarde.-

Doy unos pasos hacia adelante, y quedo parada sobre el cordón de la vereda. Nada, nada es lo que distingo a la distancia. Suspiro, y vuelvo a ocupar mi antigua posición.
Mi cabeza recae sobre el frío de una de las columnas de la garita del colectivo[1]. He intentado, más de una vez, perderme en los comentarios de aquellas dos señoras, o quedarme a la expectativa de los juegos de esos niños. Pero no he podido, ni creo poder.
Cinco años, han pasado cinco años desde que todo aquello aconteció, y aun hoy, viéndolo desde esta perspectiva, me parece irreal. ¿Fantasía o realidad? ¿Fin o principio? Hoy es el día en que obtendré aquellas respuestas.
Y ahora que lo pienso, les debo una presentación. Mi nombre es Shiloh, y tengo veintitrés años de edad, estoy cursando la carrera de Ciencias Jurídicas, en una facultad pública, con residencia en la capital de Corrientes, ciudad vecina a la mía.
No hay nada que puede ser admirable en mí. Soy de estatura normal, la tonalidad de mis ojos varía entre un azul profundo o un verde musgo –depende del día, dicen algunos, yo creo que es por mi estado de ánimo-. Mi cabello es lacio, castaño, y corto, hasta un poco más arriba de los hombros. No tengo el don de ser audaz, ni graciosa, y mi humor es variable, aun más que las mareas que chocan en las orillas contra las piedras. Como lo he dado a entender en las primeras palabras de este párrafo, solo soy alguien más de esta sociedad. Pero él, él no es alguien más...
— ¡Chica! ¡Chica! —alguien me ha sacudido, obligándome a salir de la ensoñación.
Parpadeo varias veces, y observo al causante del acto anterior. Es una mujer, la abuela de aquellos niños que habían estado jugando a mí alrededor, tiempo atrás.
— ¡Chica! ¡Chica! —vuelve a repetir. — ¿Acaso tú no has de tomar este bus?
Arrugo el entrecejo, y la sombra de algo roba mi curiosidad. Frente a nosotros hay una bestia mecánica, que esta vestida de rojo y azul, con letras blancas que dan a conocer su nombre.
“Bella Vista” —leo en voz baja, y algo dentro de mi cabeza hace “clic”, como una lamparilla al encender.
“Que tonta soy, y siempre distraída. Si acaeciera un meteoro a mi costado, no me daríacuenta hasta escuchar un grito ajeno, eso sí aun continuo con vida.” Acusa mi conciencia a mi sentido ignorante.
Subo las escalerillas, y una vez que obtengo el boleto, dirijo mi vista al pasillo, procurando dar con un asiento vacío. Lo encuentro, última fila, quinto asiento, rincón derecho.
Una criatura, me roza de camino allí. No tendría más de seis años ese niño.
-— ¡Aquí! ¡Aquí mamá! — exclama, llamando la atención de más de una persona. Su madre lo hace callar, y él refunfuña.
Río, y me es imposible no evocar recuerdos -los cuales serán explicados más tarde-.


Estoy cómoda, lo mejor que se puede estar en un lugar como este. El paisaje que se espía desde aquí, no es muy cambiante, solo árboles, arbustos, casas, y casillas. Nada espectacular. Mis dedos se encuentran enrollando, y desenrollando sobre los mismos, el cable sobrante de los auriculares. La música ha colmado mis oídos desde el inicio de este viaje, y a pesar de ello quince minutos me han parecido una eternidad.
Decido dejar de evitar aquello, cinco años no son segundos, considero que es momento de evocar esos recuerdos.


Tenía dieciséis años, y estaba cursando el tercero de bachiller. Aquel día era uno más del mes de julio, nuboso y frío. Desde las barandillas del segundo piso, podían observarse los múltiples charcos del patio principal. El colegio tenía sus años, pero era sutilmente refaccionado en particulares ocasiones. Esta era una de ellas.
Mis ligeros pasos hicieron eco en el desnudo pasillo, gire a la izquierda y por medio de saltos intercalados baje los peldaños de la escalera.
Un joven perteneciente al club estudiantil había ingresado a mi aula media hora antes, para solicitar la presencia de determinado alumno, a las nueve de la mañana, el lugar de cita era el despacho del director. Aquel individuo requerido era yo. ¿Para qué? No tenía la más remota idea.
Saqué mi reloj de bolsillo.
9:01
 -Un minuto tarde, pero que extraño, estoy llegando tarde–pensé irónicamente.
Respire profundo, antes de dar el paso final, y tocar tres veces aquella puerta. Una mujer de aproximadamente cincuenta años salió a mí encuentro. La misma era delgada, alta, y en sus ojos, estampado, se hallaba un cielo perfecto y claro.
— ¿Sí? —dijo.
—Buenos días. Lamento, si soy inoportuna, pero me han dicho que debía estar en este lugar a las nueve de la mañana, y...
— ¡Oh sí! — exclamo ella, interrumpiendo mi “descomunal” aclaración. —Sí, claro que sí, tú debes ser ella.
-¿Ella?-
Y antes de asignar rumbo a mi reflexión, esta me jalo del brazo para que ingresara. Allí había seis personas; el director y cinco alumnos que no tendrían más años que yo.
El primer sujeto, mencionado anteriormente, se puso de pie.
            —Aquí está la última. —sostuvo, la mujer que estaba a mi lado.
Él levantó las cejas, sonrió, y alargo su brazo para que pudiera estrecharlo.
—Bienvenida—saludo de buen humor, sin perder la formalidad.
—Gracias. —musite. —Es un placer.
-Estaba absurdamente nerviosa.-
Pasados unos minutos, ambos partieron, sin darme siquiera una oportunidad para cuestionar que estaba ocurriendo, dejándome como un forastero en un extraño lugar. Intente dialogar sobre el asunto con mis “camaradas”, pero solo obtuve breves comentarios al respecto, y todo recaía en una cuestión: “promedios”. Y bien, ¿qué tenía que ver con ello? Seguía sin respuestas.
Jamás le había llevado el apunte a mis calificaciones, así que si he de mencionar el grado de conocimiento que compartía con los restantes de esa habitación, era alguien ignorante.
Luego de eso, todo sucumbió en silencio, el cual era interrumpido por risas ocultas que compartían dos chicas, y el zapateo constante de una tercera, que se encontraba sentada en un sillón, con las piernas cruzadas y el ceño fruncido. En cuanto a los dos restantes, uno estaba haciendo girar su anillo sobre el escritorio, y al otro en un primer momento ni lo note.
Harta de aquella situación, me dispuse a hablar.
—Hola. Mi nombre es Shiloh —me presente.
Una de las participantes de aquel cuchicheo constante, sonrío, y me respondió.
—Hola. Yo soy Melanie.
Le devolví la sonrisa. -“Al fin alguien amable”-pensé. A continuación, escuche el nombre de su compañera “Belinda”, y seguido el del primer joven que divise “Santiago”. Este ensanchó la sonrisa al dirigirse a mí. Ahora, solo quedaban dos.
Desvié la vista hacia los sillones, un aire de superioridad la rodeaba. Alzo una de sus cejas perfectas, y luego con desgano, contesto:
—Hola. Mi nombre es Claudia.
Asentí, y fue entonces cuando dirigí mi atención a él, el último. Sus cabellos desordenados caían hacia abajo ocultando parte de su frente, tenia ambas manos en el escritorio, y parecíaestar analizando aquel documento –una hoja llena de nombres y números-.
Ceso el ruido del tamborileo constante de sus dedos, cuando alguien se aclaró la garganta. Supuse, era Santiago.
Él levantó la vista, y la claridad en sus ojos fue abrumadora.
 —“Jov” —dijo. —Ese es mi nombre.


— ¡Mamá! ¡Mamá! —El movimiento constante en el asiento contiguo me ha despertado. Me reincorporo, y vuelvo a consultar la hora en el reloj.
-9:05-
Media hora, aun quedan treinta minutos para llegar a destino, y no sé qué hacer para disminuir la ansiedad que me oprime.
— ¡Mami! —vuelvo a escuchar aquel llamado. Es el niño de la entrada, que ahora estábrincando en el asiento de al lado, por lo visto se ha cambiado de lugar.
 ¡Jonathan, guarda silencio!— reclama aquella mujer. —De manera contraria, no iremos nunca más a visitar a tus abuelas.
La pequeña liebre[2] se queda tiesa, y cae sobre el asiento.
—Pero yo solo quería un barco de papel—susurra.
Volteo mi rostro, y lo observo.
Ésta mirando hacia abajo, con los cachetes inflados, y entre sus manos sostiene una hoja rajada a la mitad.
Revuelvo sus cabellos.
Él gira súbitamente, y se deshace de mi toque cual gato asustado.
Sonrió.
—Si quieres yo puedo hacer un barco de papel para ti.
Los pequeños ojos del infante se estrechan, me contempla por unos segundos, y luego me cede aquel papel.
—Está bien, pero no demores demasiado o si no te acusaré. —amenaza.
Río en voz baja.
—Está bien—coincido—Pero no hará falta, yo soy una experta en barquitos de papel.
— ¿En serio?
Hay un sutil brillo de emoción en sus pupilas.
—Así es, he aprendido del mejor maestro. —digo, elevando mis manos para doblar en dos perfectas partes aquella hoja.
Y mientras mis manos forman aquel origami, me es imposible no volver a aquel día.


           —Dime, ¿cuál es tu sueño? —pregunte.
Jov, estaba a mi lado, con los brazos colgando sobre el respaldo de la banquina, y la cabeza hacia atrás.
— ¿Sueño? —repitió él.
 —Así es — me detuve, y lo observe— ¡No me digas que no tienes uno!
Al no escuchar su respuesta inmediata, me volví sobre lo que estaba haciendo, un ejercicio de química.
-¡Uff, como los odiaba!-

—En realidad...—titubeo—Si tengo uno.
Él abandono su antigua posición relajada, y adquirió una más seria.
No pregunte nada, con el tiempo, al estar cerca de una persona como él, te acostumbras a los silencios intermitentes.
Eran las dos de la tarde, de un jueves del mes de abril. Más allá de las sombras que nos cubrían, los rayos del sol derretían el cemento. Nos encontrábamos en una de las tantas bancas de la plaza, que estaba situada frente al colegio. Su mochila estaba tumbada, ocupando el espacio restante, la mía se hallaba en el suelo, junto a mis pies.
Habían pasado dos años desde nuestro primer encuentro, en el cual jure, recuerdo,  odiarlo. Su antipatía, y aquella frialdad que había demostrado en un primer momento, le habían clavado espinas a mi alma sensible, o dicho en otras palabras, cuchillas.
Pero, a mitad del año anterior, cuando por casualidades de la vida me lo encontré -choque con él- en el pasillo, me hablo -bueno más bien me reprendió por mi falta de realismo-. No sé si fue el mutismo, o la mirada inocente que poseía lo que provoco que a la semana siguiente volviese a dirigirme la palabra, pero lo hizo.
Nuestras conversaciones, al inicio, eran antagónicas, él pensaba algo, yo decía lo opuesto, a tal punto que eran frecuentes las discusiones entre ambos. Pero las aguas poco a poco se calmaron, y “aprendimos” a aceptarnos. Jov no hacia críticas delante de mí, y yo no hacía mención de su intolerable humor -un acuerdo para la paz-. Éramos amigos, aunque todos consideraran nuestra relación como algo imparcial.

Por unos segundos solo se escuchó el sonido rígido del lápiz sobre el papel.
—Mi sueño es viajar—dijo.
— ¡Wow! —Exclame—Posees un sueño realmente original.
Mis ojos no se apartaron de esas formulas, pero aquello no impidió que percibiera su mirada, y su posterior risa.
—Tienes todo el derecho de ser sarcástica, porque he dado una definición muy vaga de lo que realmente deseo. ¿Te parece si empiezo de nuevo?
Sonreí. –Este chico siempre lograba extraerme lo poco de concentración que atesoraba-.
—Está bien—acepte, dejando a un lado el lápiz, y cerrando el cuadernillo—Pero debes prometerme que luego no presentaras excusas si solicito tu ayuda.
Jov sonrió.
— ¿Cuándo he dado excusas en referencia a ello?
Vire los ojos.
—Los segundos están corriendo, y el tiempo jamás perdona. —dije, imitando la melodía de una vieja canción.
—Lo sé—admitió, y el tono de sus palabras me resulto melancólico.
Le contemple.
—Quiero conocer al mundo desde sus diferentes puntos de vista. —comenzó. Tiro de la punta de una hoja de mi cuadernillo, hasta que esta se desplegó hacia afuera —Tanto las profundidades de la tierra como las del mar. —la doblo en dos—Tener la dicha de descubrir lugares exóticos. Pero sobre todo... —se detuvo, y sonrió sutilmente— poder navegar en un crucero cinco estrellas.
—Ahora lo entiendo—afirme—Tú empleas una comunicación a través de señas, y objetos, como los extraterrestres.
Él me observo, confundido, y distante, como si hubiera enloquecido.
Reí, y él aflojo su actitud.
— ¿A qué te refieres? —indagó.
—El barco—señale.
Entre sus manos, permanecía estática, una figurilla de papel, recién creada.


— ¡Oh! Es cierto eres rápida. —su voz conmocionada por algo tan simple, me revitaliza, y despierta nostalgia en mí.
—Ves, te lo he dicho. Soy buena. —digo.
La pequeña liebre está sonriendo, moviendo de un lado a otro aquel juguete de papel.
— ¡Sí! —Dice, sin dar relativa importancia a mis palabras.
Decido dejarle su espacio por unos minutos -solo con su imaginación-, e intento retener mis pensamientos en lo que logra divisarse más allá del cristal, edificios, autos, etc. Sí, es una ciudad.
— Oye... —escucho su voz infantil de nuevo.
—mm.
— ¿Vas a enseñarme a ser barquitos?
—Claro, es sencillo — respondo.
—Oye... —repite— ¿Realmente quieres verle?
El palpitar de mi corazón cesa, y luego regresa desaforadamente.
-“¿He oído bien?”-
Giro, él está inactivo, con la vista perdida, y en las profundidades de sus ojos descubro algún tipo de aflicción.
— ¿Qué quieres decir, Johnny?
Suspira, y me observa.
La tonalidad de sus pupilas es obscura, y limpia. Un azul ultramar que aspira, y examina, a tal punto que da la sensación de contemplar algo oculto bajo la piel.
Él corta la conexión, y observa el pasillo.
—Mama, me ha dicho que casi todas las personas que están en este bus, viajan a ver a alguien importante. Algunos vienen de lejos, otros de más cerca, pero aquello no importa, lo que importa es que han reconocido que esa persona es esencial para ellos, y necesitan volver a verla.
Las palabras de este niño han descrito lo que siento.
-Él es “alguien importante”, “esa persona es esencial”, y es indispensable que lo vuelva a ver-.
—Tu madre tiene razón. —respondo.
Sonríe, e inclina la cabeza.
—Sí.

— ¡Jonathan! —la voz de un tercero nos despista. Es su madre. — ¡Apresura! ¡Apresura! Descendemos en la próxima esquina.
Ella está de pie, y a su lado hay una valija de aspecto antiguo. Y ahora que logro verla mejor, toda su vestimenta parece de otra época. La misma sonríe al darse cuenta de mi interéspalpable.
Enrojezco.
Johnny salta del asiento, y da media vuelta.
                 ¿Sabes qué? —dice, y la ingenuidad en sus palabras atrae mi interés. —No quiero que tú me enseñes a hacer barquitos de papel. Quiero que lo haga tu maestro.
Sonrío, y la imagen de ellos juntos sacude mi espíritu.
                  ¿Se lo dirás? —cuestiona.
—Claro. Él estará encantado. —digo, y creo no haber mentido.
Él sonríe, y corre en dirección a aquella mujer. Y entre el ruido, que ocasiona las suelas de sus zapatos sobre la alfombra, logro oír un “hasta pronto”. Esa señora, tiende la mano en dirección a su hijo, intercambian algunas palabras, y vuelve a mirarme.
Lo último que distingo, antes de que el colectivo avance, es su manito agitándose en el aire.
—Adiós-musito, contra la ventanilla.

Este viaje, es el peor de los castigos, que he experimentado. El nerviosismo me tiene abrumada, y no encuentro que hacer para que los minutos trasciendan más deprisa. Cierro los ojos, y la imagen de su sonrisa angelical embriaga mis sentidos.
Y ¿quién es él? En simples palabras, un joven. Desde el punto de vista externo tienden a clasificarlo como un ser egocéntrico, aislado, irónico –demasiado en algunas ocasiones- y un gran crítico “constructivo”. Pero, si logran derribar aquella muralla –aunque he de advertirles que es difícil, y en muchas ocasiones te impacienta-, debajo de esa superficie de hielo, existe la esencia de algo maravilloso. Y he aquí, es eso, lo que atisbe en él.


El sonido de sus pisadas sobre la hierba me condujo a ese lugar.
— ¿No vas a seguir huyendo? ¿Aun puedes cruzar el mar? —dije, y en mi voz fluyo la ira.
Ni siquiera el candor del sol, o el suave murmullo de las olas, lograban disminuir, al menos un poco, aquel sentimiento. No recuerdo, jamás haber sentido algo similar.
Jov estaba de espaldas.
—Déjame en paz— rogó cortante.
Sonreí, y di un paso más cerca.
—Te dejaré en paz, cuando aceptes que aquello que dijiste ahí adentro, es una farsa —replique. —Porque ambos somos conscientes que ello solo fue una cruel mentira.
Él rió, y en su gesto percibí ironía.
— ¿Y qué si lo que he dicho es la verdad? — se burló.
Sonreí, y tan rápidamente como nació esa sonrisa, se esfumó.
—No, no es la verdad—respondí tajante.
Giro, y la severidad en su mirada me estremeció, pero, de igual forma, no cedí.
— ¿Sabes por qué?—pregunte. Él se limitó a contemplarme—Porque tú, no crees que este pueblo sea una porquería. —Di un paso—Porque tú no piensas que somos innecesarios. —La gramilla bajo mis piernas volvió a delatar mis movimientos—Porque tú —dije, y la proximidad de su cuerpo me inquieto — valoras más que ninguno de nosotros este lugar, y al decir “este” hago referencia a todo, todo, lo que forma parte de él.
Jov, hizo alusión a contestar, pero al final no salió ninguna palabra de sus labios.

Hace tiempo algo había cambiado, hace varios meses algo ha pasado, no recuerdo el cómo, el cuándo, ni el porqué, sin embargo, segura estoy del mal que ocasiona esta cercanía. Quizás, porque me he enamorado de él.
¿Y qué me ha gustado de esta mascarilla[3]? Pues verán, su fortaleza, la seguridad con la que emprende cada reto, su bondad innata, la arrogancia que a veces parece envolverlo, pero sobre todo me ha cautivado su ternura, su faz de niño... su fidelidad.

Él hizo una mueca de disgusto, y se dejó caer al suelo, con la mirada puesta en el mar.
Estábamos en una de las tantas elevaciones de terreno que caracterizaba mi región, cubierta hasta el tope de hierbas, y un poco más allá, en descenso, podía verse la playa, a estas horas desierta.
Me coloque en cuclillas a su lado.
—Tú no entiendes—soltó—Me iré pronto... de esta manera no presentara un problema el olvidarme.
Okay, en aquello momentos desee sacudirle, e inclusive gritarle, pero no hice lo uno ni lo otro, solo me quede “muda”, observándolo.
— ¿Y es esa tu excusa para ser un imbécil?— le reclame, luego de unos segundos. — ¿Crees que porque en unos cuantos meses te irás al exterior, a formar parte de una nueva elite, tienes el derecho de tratarnos como “basura”?
El bajo el rostro, y suspiro.
Aquella quietud, y su silencio me demostraron que quizás esas palabras –insultos- que había dejado expirar esa mañana, no eran falsas. Tal vez todo este tiempo había sido yo la engañada, parte de aquella cinta que ahora estaba deteriorada. Y me sentí una completa tonta con el corazón roto.
Termino—farfulle. —Estoy harta, de este juego descabellado, e inútil que solo atenta a destruirte. Si tú quieres continuar, lo harás solo. Yo no seré participe del mismo
Él volteó el rostro, y a pesar de todo, me fue imposible no perderme en sus ojos, en aquellas lagunas de aguas claras. ¿Y si aquello que dicen es cierto... y si una mirada puede reflejar los sentimientos de una forma concreta más acertada que las palabras? Porque su alma parecía estar desgarrada... porque la mía reflejaba culpa ¿Por qué, sencillamente, porque nos estábamos convirtiendo en aquello odiado por ambos... en dos extraños bajo mascaras, imposibilitados a conocerse?
—Está bien—murmuro. Y creí haber escuchado, los fragmentos de mí ser agrietado, caer al vacío.
Me levanté.
—Adiós, Jov.
No obtuve respuesta.
Comencé a caminar en dirección contraria, no podía pensar, no quería hacerlo. Las lágrimas anegaban mis ojos, generando una visión inestable, y borrosa; la garganta la tenia anudada, y estaba segura de que no diría una palabra sin que temblara mi pronunciación. Desaparecer, por primera vez, no parecía una mala opción.
—Shil... —me llamo— estoy enfermo.
Pare en seco.
 ¡Ja! — bufe, y lo observé. Aquella imagen me hirió, pero no me detuve—Tienes un resfriado, todos hemos pasado por ello. Créeme no vas a morir. — dije con sarcasmo.
Él balanceó el rostro.
—No—negó. Me contemplo. —Realmente estoy enfermo.
Por unos segundos solo oí al viento silbar.
— ¿A qué te refieres? —quise saber.
Di los pasos que me faltaban para mirarle de frente.
Jov bajo la vista, y pareció buscar entre el millar de texturas del suelo, lo que debería decir, la forma correcta de explicar aquello que lo atormentaba. Porque aún a esta distancia podía vislumbrar, e identificar correctamente cada una de sus actitudes. Estaba nervioso.
—Tengo una enfermedad terminal. — dijo en voz baja.
Mi cuerpo se contrajo.
— ¿Qué? —pregunte, no creyendo una sola palabra.
Él no repitió lo que había dicho en un principio, en vez de ello, continuo hablando:
—Esa es la razón por la que me he mudado aquí hace tres años. Quería alejarme de todo, y de todos. No deseaba escuchar sus lamentos, o visualizar sus lágrimas. Así que idealice que este sería el lugar de mi muerte. Un pequeño pueblo, rodeado de sierras, y un mar. ¿Qué hallaría aquí? Nada, supuse. —Sonrió levemente—Pero me equivoque, porque borre de entre las líneas del mapa un pequeño detalle, porque jamás imagine que te encontraría en un lugar así.
En aquellos momentos miles de sensaciones inundaron mi cuerpo, sin embargo, no dije nada, permanecí tiesa, intentado asimilar la noticia. Sus palabras, aun frescas, resonaban en mi cabeza, y en cada oportunidad mis latidos aceleraban.
— ¿Cuánto? —Pregunte, y levante la vista del suelo— ¿Cuánto es el tiempo que te queda?
Jov tenía las manos en los bolsillos, y a simple vista, él parecía el desquiciado, y no yo.
Hizo otra mueca.
—Un año— contesto indiferente. Se agachó y cogió una piedrilla del suelo. —Quizás menos. — Jugo con ella unos instantes, y luego, la arrojo en dirección al mar— No estoy seguro, eso depende de los cuidados que lleve, y la resistencia de mis órganos.
 Él fijó su mirada en las olas, mientras yo no tuve la suficiente voluntad como para dejar de contemplarlo. Es que aquello era una locura... él era un buen hermano, él era el orgullo de sus padres... él era mi mejor amigo. Y si quizás, momentos atrás, había dicho muchas cosas que harían pensar a cualquiera que no le volvería a hablar. Pero, han de saber entender que así son las peleas entre amigos, juran nunca más dirigirse la palabra, y al mes o a las semanas, se arrepienten, y cada uno vuelve, con una sonrisa o un lo siento entre sus labios. Sin embargo, esto es diferente, y el suponer que dentro de un año Jov desaparecería para siempre, generaba en mí, escalofríos, dolor... impotencia.
Reí, quitándole un poco el polvo al asunto. Él me observo.
— ¿Y qué estás haciendo comportándote como un idiota? —rezongue. Sus pupilas brillaron sutilmente, y luego se apagaron. Me estaba analizando. — Si yo estuviera en tus pies, no me alejaría, es más, creo que haría lo contraria. Y sí, tal vez, suene egoísta, pero a pesar de ello, lucharía por ser feliz, intentaría alcanzar mis sueños, sonreiría muy, muy, seguido. Disfrutaría de cada una de las cosas que Dios ha puesto ante mí, y...
— ¿Lo harías? —interrumpió él.
Fruncí el entrecejo.
—Entregarías todo por ser feliz. —continuo.
           Mis labios se elevaron en una sonrisa.
—Sí, —me detuve, y añadí—siempre y cuando aquello que haga no perjudique a los demás.
Jov, se acercó a mí.
Y si no fuera un acto malo, y más bien se clasificara como algo egoísta —dijo, y dio un nuevo paso. — Aun, teniendo en cuenta esas condiciones, ¿lo harías?
Y quedo estancado a mitad de camino, aguardando mi respuesta.
—Egoísmo. Etimológicamente viene de ego [yo] e ismo [práctica], por lo tanto, significa lapráctica de ser yo. Es ese inmoderado amor a sí mismo, que hace a la persona ordenar todos sus actos hacia el bien propio, ignorando a los demás —señale— Pero, si aquello fuese un acto meramente ocasional—sonreí. —Lo haría.
Él sonrió dulcemente, y sus ojos café se vieron surcados por un singular brillo.
—Entonces, deberás disculparme —dijo.
— ¿Qué?
No llegue a decir más, y tampoco obtuve, en palabras, la respuesta a aquel interrogante, porque antes que pudiera verlo venir, Jov estaba demasiado cerca.
Me beso.


Desciendo los escalones del autobús, respirando al fin libertad. Observo el lugar, y compruebo que nada ha cambiado. Empiezo a caminar.
Hace tres años deje este pueblo, él mismo que me vio nacer dos veces, una biológicamente, y la siguiente espiritualmente, cuando conocí, al ya nombrado, Jov. Ahora, se estarán preguntando que ocurrió con él. Bueno, una vez acabado el bachiller, él viajó al exterior, obtuvo una beca en Massachusetts Institute of Technology, y continuó sus estudios allí. No sé nada exactamente, solo lo que he oído por rumores, pero supongo le habrá ido bien, aparte de ser un genio, era bueno manejando el Inglés –mejor que nuestro profesor del secundario diría yo-.
¿Y por qué luego de haber demostrado tanto “amor” todo acabo de una forma tan áspera? En fin, debo aceptar que aquello es mi culpa. Yo se lo pedí así, y se lo rogué de tantas formas, que termino acatando mi decisión. No nos hablaríamos hasta dentro de cinco años, cuando él acabara sus estudios, y yo estuviera en la culminación de los míos. Esa había sido nuestra promesa.


—Debes ir—repetí.
Él balanceó el rostro enérgicamente.
—No.
Levante el dedo índice.
—Y no es algo que quiero discrepar contigo—aclaró, antes de envolverme de nuevo con sus brazos.
Pero, no es algo que deberías decidir tan a la ligera —reproche.
—Yo nunca hago nada a la ligera— se defendió, y sentí el roce de sus labios sobre mis cabellos.
Porque no te tomas un tiempo, y lo piensas, antes de entregar tu respuesta. —sostuve, cruzando los dedos para que oyera mis palabras, y las hiciera realidad.
Oí un golpe seco, y la hamaca en la cual estábamos comenzó a moverse- una vez más-.
—Solo hay algo que requiere, y ocupa ahora mis pensamientos, y eres tú —susurro en mis oídos. El soplo cálido de sus labios, erizo cada pelusilla de mi nuca, enviándole una descarga a todo mi cuerpo.
Golpee su pecho.
— ¡Jov, ponte serio!—protesté.
Él lanzo una carcajada, y se alejo de mí.
Sus brazos cayeron sobre la madera húmeda con un sonido casi imperceptible, y tiro la cabeza hacia atrás. Le imite.
 Arriba de nosotros se extendía un cielo obscuro, y frio, tapizado de estrellas. Realmente bello, y reconfortante.
Eran las diez de la noche, y nos encontrábamos en el patio trasero de su casa. Por insistencia pura de su madre esa noche los había acompañado en la cena, y no puedo ignorar el hecho, de lo mucho que me he divertido. Si yo soy el complemento de Jov, su hermana es su opuesto. Elisa, es bromista, e ingenua, pero aun así, en su interior, tiende a ser irónica, igual a...
—No es algo que deba pensar, Shil... —respondió, dándole fin a mi escape imaginario. Le observe. —Porque en su momento, le di muchas vueltas a “ese” asunto, hasta tomar una decisión.
— ¿A sí? ¿Y cuál fue?
Él me miro varios segundos en silencio, luego retornó su vista al cielo.
—Me quedare. —contesto.
Mi cuerpo reacciono por voluntad propia, todo aquello que hice fue inconsciente.
— ¡¿Qué?! —Exclame, abalanzándome sobre él— ¡No puedes quedarte! —Continúe —Debes ir. ¡Tienes que ir! —exigí. Estaba cerca, tan cerca que podría confundir su respiración con la mía fácilmente.
Volví rápidamente a mi antigua posición, con las piernas cruzadas, arriba de la banca, y las manos unidas – a pesar de que pronto cumpliríamos nuestro quinto mes juntos, aun me costaba asimilar los fuertes impulsos que su cercanía ocasionaba en mi-.
Jov, no se inmuto, solo me contemplo. Odiaba cuando hacia eso, cuando sus ojos se asemejaban a lupas, que estudiaban detenidamente mis reacciones, muchas veces sin explicación.
 ¿Qué?— pregunte con apatía.
A veces... tus actitudes me hacen sospechar de la verdadera razón por la que quieres que abandone este lugar. Como si hubiera una razón más allá de mi enfermedad.
Coloque los ojos en blanco.
Ahora, estas diciendo sandeces, luego me reclamas el hecho de iniciar discusiones.
Él sonrió sutilmente, tomo una de mis manos, y beso mis nudillos.
— ¿Realmente quieres que sea de esa forma? —pregunto, sin levantar la vista de ellos.
Escuche a las dos voces de mi conciencia discutir, la mala, y la buena. La primera rogaba que se quede, y la siguiente, firme, insistía que lo deje ir. No pude evitar tener ese momento de debilidad.
Asentí.
— Realmente quiero que seas feliz—dije.
Sonrió nuevamente, y me observo.
—Yo soy feliz, aquí, a tu lado.
—Lo sé. — Mordí mi labio inferior.- Pero, ¿por cuánto tiempo? Un día, un año, ¿y luego qué?
Jov extendió una de sus manos, y acaricio mi rostro. Su toque gentil, y delicado le transmitióotra ola de sensaciones a mi ser.
—Trabajare— contesto. —Todo será como ahora, lo prometo
Balancee el rostro negativamente.
—No — negué. — No hay futuro en este pueblo, al menos no para ti. Jov, — dije, y observe nuestras manos juntas. — Si tú vieras, lo que yo veo en ti, no dudarías en desatarme de este lugar—proseguí. —No permitirías que echara por la borda un  destino “tan” glorioso.  Porque si existe alguien que puede dirigir correctamente desde un navío, a una sociedad, eres tú — desvié la mirada, y me encontré con sus ojos. — En tus manos conservas el conocimiento, y la humildad necesaria para no exceder de él. Esto es lo que visualizo en ti.
Él rio suavemente.
—Dudo de todo lo que has dicho sobre mí. Pero... te olvidas de un detalle, uno pequeño que siempre pareces extraviar.
Fruncí el ceño.
—Shil—se acerco a mi—Estoy enfermo. Mi vida está destinada a no ser larga.
—Jamás me he olvidado de ese “gran” detalle— respondí indignada. —Pero, porque no dejamos que aquello sea voluntad de Dios, no es bueno inquietarnos por algo que esta fuera de nuestro alcance.
Él asintió, y sus ojos se estrecharon.
— ¿No te arrepentirás más tarde?
Titubee.
—Quizás, es muy posible. Pero ahora —continúe—, es lo que verdaderamente siente y anhelo.
Jov, asintió, y deslizo sus nudillos una vez más sobre la piel de mi cara.
—Está bien—contesto solemne. —Sera como tú quieras.
Me incline hacia donde él estaba.
Te quiero muchísimo, Jov— reconocí.
Sus pupilas se vieron colmadas por un candor especial.
Yo aun más.


Puedo escuchar el ruido de las olas, estoy cerca de “nuestro lugar”. La quietud, y aquel aire de paz que se respira, es el mismo que recuerdo.
Atravieso la calzada, y tomo un atajo por el bosquecillo. Los rayos del sol se filtran intermitentemente por las ramas de los arboles. No es profundo, y logro salir luego de unos minutos.
Corro hasta ese sitio.
Unos metros, más abajo, se logra ver la playa, y a algunos niños jugando. Todo esto me provoca añoranza. Pero más allá de lo que siento, hay algo que me preocupa. Estoy sola, no logro visualizar a nadie. Temo lo peor.
Jov, y yo habíamos acordado que si él fallecía antes de la fecha estipulada, el plan seguiríaen pie, simplemente que en vez de ser él el que me recibiera seria su madre. Ella habría de hacer llegar a mis manos una serie de cartas, en las que se explicaría todo, o al menos casi todo, por lo que habría atravesado hasta el día de su muerte. Así sería como si nunca nos hubiéramosdistanciados, yo no sentiría culpa, y el descansaría en paz.
Toco mi cartera. En su interior hay algo especial, algo que me conecta a él, y es lo único material que conservo del mismo. Un pequeño barco de papel.
 Mis pensamientos revolotean, y se entrelazan, mientras observo el mar, buscando un presagio del futuro.
— ¿Otra vez estas soñando, Shil? —dice una voz a mis espaldas.
No necesito, girar, y ver a la persona, para reconocerlo. Sé quién es.
Algo cálido roza mis mejillas.
-“Porque seré tan sentimental”- me reprocho a mí misma. Elevo una de mis manos, y quito esa lágrima.
Doy vuelta, no deseo hacerlo esperar, como así tampoco deseo aguardar yo.
—Bienvenido a casa— digo. La felicidad que me embriaga es indescriptible.
Él sonrió, y todos mis recuerdos se opacan, ante ese simple gesto.
—Creo que no podrías haber descrito mejor este lugar — contesta. Y aquella mirada llena de adoración y ternura que me devuelve, me induce a deliberar.
-Y esto es, ¿un fin o un principio?-
Tú sabrás.

¿Fin?

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3 comentarios:

Geral dijo...

Me encantooooooooo
q hermoso, ame la forma en como se escribio todo los recuerdos, el presente, tooodo :) hasta ahora me parece q es uno de los mejores :)

Annie dijo...

aiii Gisee!!
Me has matado
otra vez con tus escritos
que hermoso
pense que se iba a morir
casi me haces llorar
fueron hermosos aquellos recuerdos
todo fue sencillamente hermoso!!!
Me encanto
amm y ya he votado por ti :)!!
porq deberitas me ha encantadoo!!

Dulce Cautiva dijo...

Me ha gustado muxo, aunke confieso k m ha parecido muy largo el relato... Pero al ser entretenido lo he sabido llevar... Saludos y suerte!, muak!!!